Si alguna vez venís por Aracena y veis algún corrillo hablando en voz baja, es inútil qué les pregunteis qué les pasa, pues os dirán:

- ¡Chisss! Calle Vd., que se nota que es forastero. Calle, calle, no se vaya a enfadar Doña Mariana...

Y por más que porfieis os aseguro que no conseguireis que nadie os diga quien es esa Doña Mariana, a la que todos temen. Lo único que lograreis es que el corro se deshaga rápidamente y todos huyan a esconderse en sus casas, cerrando a cal y canto puertas y ventanas.

Hoy, jugándomelo todo, me voy a arriesgar a revelaros el secreto más callado de Huelva, os voy a contar la historia de Doña Mariana, el fantasma de Aracena.

Mi yayita tiene una madre republicana y anticlerical. Digo tiene, aunque quizás debería escribir tenía. Pero utilizo correctamente el verbo: tiene, porque nadie sabe si está muerta o no. Me explico.

Cuando las tropas franquistas ocuparon Aracena la mamá de mi yayita se escondió en la casona en que vivimos. Los falangistas lo revolvieron todo llegando a abrir boquetes en varias paredes y en el sótano, pero no hallaron su escondite.

Pasaron los años y ella no salió. Cuenta la yayita, su hija, que mientras la campana de la iglesia fuese marcando las horas no se atrevería a salir. Pues ese sonido franquista le demostraría que su República no había vuelto todavía.

Pero un día, la campana de la iglesia se quedó sin pilas. Y al no sonar, la mamá de la yayita salió de su encierro voluntario. Bueno, no ella, sino su espectro. Y tanto le gustó lo que vió que decidió quedarse fuera.
Y desde entonces tenemos que aguantarla.

¡Qué horror, Dios mío! ¡Qué cruz de fantasma! ¡Qué jartible es! No nos deja dormir. Se pasa las noches pasillo arriba, pasillo abajo, tosiendo como una descosida porque el frío de la noche le produce bronquitis. Y cuando se distrae cruza la pared y aporrea la puerta de la calle. Y nos tenemos que levantar para abrirle la puerta, porque aunque sea fantasma no le gusta cruzar las cosas.

- Lo siento, nena. Es que me despisté y crucé la pared sin darme cuenta.

- Pero, doña Mariana (hay que llamarla así o se cabrea, es toda una señora), ¿otra vez?

- ¡Qué le voy a hacer, nenita! Es que a veces me duermo andando.

- Y, ¿por qué no se va a dormir y nos deja en paz alguna noche?

- ¡Valiente mierda de fantasma sería si hiciera eso!

Y sigue con sus paseos y sus toses, noche tras noche, sin piedad.

Algunas veces se escapa. Como tiene Alzheimer, se olvida de donde vive y va recorriendo casas del pueblo, hasta que encuentra alguna alma caritativa que la acompaña de vuelta. Si en ese recorrido alguien se ríe se lo toma por la tremenda y monta una bronca descomunal. Esa es la razón de que en Aracena los jóvenes antes de reirse miren si hay alguien en sus cercanías.

Cuando más disfruta es en la Feria. Como Doña Mariana es muy guasona se viste con un traje de gitana y se va a la feria. Va despoblando casetas, porque a pesar de lo que sale está muy pálida y arrugada, pero a ella le da igual. Para bailar sevillanas no necesita a nadie por lo que pasa la semana despoblando casetas y echándose unos bailecitos. Son las únicas noches en que, a pesar del ruido ferial, podemos dormir a pierna suelta, pues se pasa las noches fuera de casa.

No hace mucho abrieron una discoteca en la Plaza de la Constitución. Duró pocos días, tanto ruido la atraía y la mamá de la yayita se vestía sus galas de republicana y se colaba en la pista de baile para darles un mitín a la juventud sobre la necesidad de fusilar a los curas y monjas de la localidad. Tanto se empeñó en ello que, como la democracia prohíbe gastar plomo (debe ser cosa del presupuesto) en fusilar funcionarios religiosos, tuvieron que cerrar el centro de mitines, o sea la discoteca.

Un problema grande tenemos cuando salimos de vacaciones. Porque Doña Mariana es la primera en montarse en el coche y no nos deja ni a sol ni a sombra. Montando numeritos por todas partes, porque cada vez que compramos algo y nos piden más de dos pesetas, sale a "defender" a la familia llamando estafador a quien se atreva a cobrarnos tanto. Por lo que hemos tenido que olvidarnos de salir de casa.

Tampoco sabemos cómo solucionar el tema de los polvorones. Porque se supone que los fantasmas no pueden comer nada, pero como Doña Mariana es tan golosa en cuanto traemos a casa algún producto navideño ya sabemos todos quien va a ser el primero en probarlo. Y, en ocasiones, abusa tanto de la gula que se hincha como un globo y por las noches, en sus paseítos nocturnos, va mezclando toses bronquíticas y suelta de gases.

En fin, que aquí andamos todos como locos abriendo agujeros en la casa. Buscando el escondite de Doña Mariana. Que nos ha dicho un amigo, experto en parasicología, que los fantasmas no abandonan esta vida hasta que su cuerpo mortal no tenga una sepultura digna. La casa parece un queso gruyere, pero no hay manera. Ayer se nos cayó una pared y parte del techo se hundió el mes pasado. Pero no aguantamos más, tenemos que encontrar su escondite, aunque tengamos que tirar toda la casa abajo.

Si alguien está aburrido, que coga un mazo y se venga a dar porrazos a esta casona de Aracena. Es el único lugar del mundo donde le darán las gracias por agujerear las paredes. Y si encuentra huesos humanos ni te digo, seguro que le besamos los pies. Todos, menos Doña Mariana, claro.